La lluvia del sembrador

La lluvia del sembrador

 
El pueblo llevaba muchos meses sin lluvia. La tierra estaba cuarteada y los pozos casi vacíos.

Un campesino encontró al Maestro caminando entre los campos y, con los hombros caídos, le dijo:

—Maestro, he perdido toda esperanza de que llueva.

El anciano miró el cielo despejado y preguntó:

—¿Y tus semillas?
—Guardadas. ¿Para qué sembrarlas si no va a llover?

El Maestro soltó una sonrisa.

—¡Qué prudentes son tus semillas! Han decidido esperar a que nazcan los árboles antes de salir de la bolsa.

El campesino no pudo evitar reír.

—Se burla de mí.
—No. Solo me pregunto quién tiene más fe: el campesino que siembra sin garantías o la semilla que se entrega por completo a la tierra.

El hombre guardó silencio.

El Maestro tomó un puñado de polvo y lo dejó escurrir entre sus dedos.

—La esperanza no consiste en esperar sentado a que aparezcan las nubes. Consiste en seguir preparando la tierra para que, cuando la lluvia llegue, encuentre un corazón dispuesto.

—¿Y si nunca llueve? —preguntó el campesino con un hilo de voz.

El Maestro respondió con serenidad:

—Entonces habrás vivido como un sembrador y no como un resignado. Nadie puede ordenar al cielo que llueva, pero todos podemos impedir que la sequía entre en el alma.

El campesino levantó la mirada.

El Maestro concluyó:

—Hay estaciones que secan la tierra para revelar la profundidad de las raíces. Quien deja de sembrar por miedo a la sequía pierde la cosecha antes que la lluvia. Quien sigue sembrando con amor, ya ha comenzado a florecer por dentro.

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