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El Maestro que cerró los ojos
El Maestro que cerró los ojos
Muchos años después de abandonar el monasterio, un hombre encontró al viejo Maestro sentado
bajo una higuera.
—Maestro, ¿me recuerda?
El anciano lo observó y negó suavemente.
—Fui su discípulo. Ahora también enseño.
Nasrudín, que bebía té junto a ellos, sonrió.
—Entonces alguien tendrá que responder por eso.
Los discípulos rieron.
—Me hice maestro por usted —continuó el hombre—. Una vez robé el reloj de un compañero.
Cuando él denunció la pérdida, usted cerró la puerta y pidió que todos cerráramos los ojos. Dijo que revisaría nuestros bolsillos.
El Maestro escuchaba en silencio.
—Cuando llegó a mí, encontró el reloj. Sentí que el corazón se me detenía. Pero usted siguió revisando a todos. Al terminar dijo solamente: "Pueden abrir los ojos. El reloj ha aparecido”.
El hombre hizo una pausa.
—Nunca dijo mi nombre. Nunca me reprendió. Nadie supo que había sido yo. Aquel día
comprendí que podía corregirse a un hombre sin destruirlo. Usted salvó mi dignidad y, quizá, mi vida. Por eso decidí enseñar.
—¿Ahora me recuerda? —preguntó.
El Maestro sonrió.
—Recuerdo el reloj y aquella mañana. Pero no sabía que habías sido tú.
—¿Cómo es posible?
—Porque mientras buscaba en sus bolsillos, yo también tenía los ojos cerrados.
Los discípulos quedaron en silencio.
Nasrudín dejó lentamente su taza sobre la mesa.
—Ahora entiendo —dijo—. Hay maestros que descubren al culpable. Y hay maestros que
descubren al hombre que todavía puede llegar a ser.
El Maestro añadió:
—Quien humilla para corregir castiga el error. Quien preserva la dignidad educa el alma.
















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